Televisión

No vas a creer lo que hizo este degenerado por ganar votos

¡El espectáculo del ridículo no tiene límites! En un acto que solo puede calificarse como una desesperada y patética maniobra de supervivencia política, el eterno candidato César Acuña ha vuelto a demostrar que no tiene ni un gramo de dignidad cuando se trata de mendigar votos. El «dueño» de media Trujillo, que ya carga con tres fracasos electorales a cuestas y una imagen más desgastada que moneda de un céntimo, ha decidido que su última carta para llegar a la presidencia es hundirse en el fango de la irrelevancia digital.

¿Presidente o bufón de TikTok?

Lo que vimos hace poco no fue una entrevista política, fue el velorio de la seriedad. Acuña, ese hombre que balbucea frases sin sentido y que ha convertido el lenguaje en su peor enemigo, apareció en la plataforma Kick junto a un personaje llamado «Cristorata». ¿Quién es este sujeto? Un supuesto influencer cuyo único mérito es crear contenido que no educa, no informa y que muchos aseguran que solo sirve para «embrutecer» a una juventud que ya está bastante bombardeada por la vacuidad de las redes sociales.

Es indignante ver a un hombre que pretende dirigir los destinos de millones de peruanos prestándose para el jueguito, la broma fácil y el contenido vacío. Mientras Acuña grababa videos para TikTok, tratando de parecer «cool» o «cercano» a los jóvenes, el país lo miraba con una mezcla de lástima y vergüenza ajena. ¿Este es el nivel de nuestra clase política? ¿A esto hemos llegado?

La Libertad desangrada mientras él baila

Pero lo más grave de este circo mediático no es el bailecito de turno o la risa fingida ante una cámara web. Lo verdaderamente criminal es el olvido absoluto de su gestión. No olvidemos que este «decrépito» líder fue, hasta hace muy poco, el gobernador de La Libertad. Y, ¿cuál es el legado que dejó en su tierra? Un panorama calamitoso.

Mientras Acuña busca la bendición de un influencer «sin oficio ni beneficio», en Trujillo y en toda la región La Libertad, la población vive bajo el terror. La extorsión campa a sus anchas, las bandas criminales dictan la ley y la sangre corre por las calles. En lugar de estar rindiendo cuentas por su incapacidad para frenar la delincuencia, Acuña prefiere «conectar con las audiencias jóvenes». Es una bofetada en la cara para cada comerciante extorsionado y para cada familia que ha perdido a un ser querido a manos de la criminalidad que él no supo —o no quiso— combatir.

La hipocresía del «mensaje motivador»

Horas después de este bochornoso encuentro, el líder de APP tuvo el descaro de publicar en redes sociales que la charla sirvió para «inspirar y motivar». ¿Inspirar a qué, Sr. Acuña? ¿A que los jóvenes vean que para ser exitoso en política basta con aliarse con cualquiera que tenga unos cuantos seguidores, sin importar la calidad de sus valores?

Este acercamiento a Cristorata no es una estrategia de comunicación moderna; es el grito de auxilio de un político que sabe que el pueblo ya no le cree. Es el intento burdo de un hombre que, al verse rechazado en las urnas por su falta de propuestas serias, intenta «comprar» la simpatía de una generación a base de clics y likes de dudosa procedencia.


César Acuña ha cruzado una línea de la que no se vuelve: la del ridículo absoluto. Ya no es solo el político de las frases confusas; ahora es el candidato que, con tal de arañar un par de puntos en las encuestas, es capaz de vender lo poco que le queda de prestigio en un stream que mañana nadie recordará. El Perú no necesita un «tiktoker» en Palacio; necesita soluciones contra el crimen que él dejó crecer en su propia casa.

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