Vuela alto genio
El país entero amaneció con la noticia que nadie quería escuchar: Guillermo Rossini, el genio indiscutible del humor y la imitación, ha partido a los 93 años, dejando un vacío inmenso en la cultura popular peruana. La risa —esa que él cultivó como un arte, esa que se volvió su sello inconfundible— hoy se ha silenciado, al menos por un instante, para rendirle homenaje. Fue su propio hijo, Coco Rossini, quien comunicó el triste suceso con un mensaje cargado de amor y nostalgia: “Mi ángle!! Ahora vuela muy alto, te recordaremos con mucho amor… Y la risa llegó al cielo. Te amo, papi.” Y sí, el cielo acaba de ganar un nuevo comediante.
Guillermo Rossini no fue solo un imitador o un humorista. Fue una institución, una leyenda viva que transformó la manera en que los peruanos entendían la comedia. Con su voz inconfundible y su capacidad para convertir cualquier situación en un chiste inteligente, se convirtió en la banda sonora de varias generaciones. Desde los gloriosos tiempos de “Risas y salsa” hasta las tardes radiales de “Los Chistosos”, Rossini fue parte del hogar de millones, el compañero fiel del tráfico limeño, el que arrancaba carcajadas incluso en los días más grises.
Una vida entre aplausos, micrófonos y gratitud
Rossini falleció poco después de celebrar su cumpleaños número 93, tras una vida llena de éxitos y cariño del público. En los últimos años, enfrentó valientemente una afección cardíaca que lo llevó a ser atendido en el Instituto Nacional Cardiovascular (INCOR) de EsSalud. En 2019, una angioplastía periférica y terapias de rehabilitación le dieron una nueva oportunidad de seguir disfrutando de la vida. Y vaya que lo hizo. Con disciplina y buen humor, continuó participando en programas radiales, agradecido por cada risa, cada aplauso y cada muestra de afecto del público.
En el 2021, decidió despedirse oficialmente de la radio, cerrando con broche de oro una carrera que abarcó más de seis décadas. En sus últimas entrevistas, Rossini se mostraba tranquilo, satisfecho, y sobre todo agradecido. “He logrado todo lo que quise. El público me dio más de lo que imaginé”, decía con una sonrisa. Su adiós no fue un retiro, fue una despedida llena de dignidad, propia de un maestro que sabía cuándo dejar el escenario… y cómo hacerlo con elegancia.
Del laboratorio al escenario: el giro inesperado del destino
Nacido en Lima el 3 de septiembre de 1932, Guillermo Rossini González parecía destinado a otro tipo de vida. Estudió, trabajó como visitador médico y llegó a ser jefe de Relaciones Públicas en un laboratorio farmacéutico. Pero el destino tenía otros planes: la comedia lo llamó, y él respondió con todo su talento. Su salto al estrellato llegó gracias al animador Augusto Ferrando, quien lo invitó a participar en un concurso televisivo. Rossini venció entre cientos de participantes, y ese triunfo marcó el nacimiento de una leyenda.
Su don para las imitaciones —de políticos, personajes populares y figuras públicas— lo convirtió rápidamente en un fenómeno. Desde “Loquibambia” hasta “El tornillo”, pasando por el mítico “Risas y salsa”, Rossini demostró una versatilidad sin igual. Su imitación del político Alfonso Grados Bertorini se volvió histórica, inaugurando una tradición que luego seguirían otros grandes del humor peruano.
La voz que hizo historia
En 1994, ya consagrado, Rossini llevó su humor a las ondas radiales con “Los Chistosos” en RPP, junto a Fernando Armas y Hernán Vidaurre. Su voz se volvió parte del paisaje sonoro del Perú, acompañando a miles de oyentes durante casi treinta años. Ningún tráfico limeño fue tan insoportable si él estaba al aire. Ninguna tarde fue tan aburrida si su risa llenaba los altavoces. Incluso su fraseología, su ritmo y su estilo pausado se volvieron escuela para nuevas generaciones de imitadores y comediantes.
Hoy, el país lo despide entre aplausos, lágrimas y gratitud. Guillermo Rossini no ha muerto: simplemente ha cambiado de escenario. Ahora, la risa llegó al cielo, y los ángeles —dicen algunos— ya están ensayando su primera rutina con él. Porque el humor, cuando es auténtico, no se apaga: se transforma en eternidad.



