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Bayly nunca imagino que asi lo iban traicionar

En la reciente columna de Jaime Bayly, publicada con su inconfundible mezcla de franqueza, ironía y dolor, el escritor confesó haber vivido uno de los episodios más desconcertantes, tensos y emocionalmente devastadores de su vida familiar. Lo que debía ser un día de celebración —el cumpleaños número 37 de su esposa, Silvia Núñez del Arco— terminó convirtiéndose, según sus propias palabras, en “el peor día del año”, un terremoto íntimo que sacudió los cimientos de su hogar y desencadenó una tormenta de sospechas, silencios y revelaciones inesperadas.

Todo comenzó como una escena de paz: Bayly, decidido a que nada empañara la ocasión, acompañó a Silvia a una joyería para que ella escogiera cuatro piezas de oro, regalos que él compró con la intención de homenajearla y evitar cualquier roce innecesario. Sin embargo, lo que vino después transformó lo que prometía ser una jornada brillante en un capítulo oscuro, marcado por la tensión familiar más aguda que el escritor ha relatado en mucho tiempo.

La celebración tomó un rumbo inesperado cuando Silvia anunció que dedicaría la tarde a festejar con una persona muy especial: su profesor de karate, quien coincidía en cumpleaños ese mismo día. Bayly, tratando de mantener la calma y evitar que cualquier comentario se malinterpretara, recordó en su columna que la amistad entre ambos siempre había estado presente.

Incluso llegó a aclarar que, para no generar sospechas, él mismo compró regalos para el instructor, un gesto casi heroico para no dar pie a tensiones. Pero aun así, decidió no acompañarla a la fiesta en la playa y prefirió quedarse en casa con la esperanza de que, al menos en la noche, cenarían los tres como familia.

Sin embargo, la espera se convirtió en un suplicio. La hora pactada —nueve y cuarto— llegó y pasó sin rastro de Silvia. Nueve y media. Nueve y cuarenta y cinco. Nada. Ni mensajes. Ni llamadas. Solo un silencio que, en ese momento, sonó más fuerte que cualquier grito.

Fue en esa incertidumbre donde se produjo uno de los momentos más dolorosos del relato: su hija, abrumada por la ausencia de su madre, preguntó directamente si ella y el profesor de karate podrían ser amantes. Bayly confesó que no tenía una respuesta definitiva y, con la serenidad quebrada, respondió lo único que podía decir: que el cuerpo de su madre era suyo, que él no era dueño de nadie y que, si ese fuera el caso, lo aceptaría.

El reloj marcó las diez y cuarto cuando Silvia por fin apareció. Tarde, despreocupada y —según relató Bayly— pasada de copas. A pesar del evidente deterioro emocional de la noche, él propuso seguir adelante e ir al restaurante reservado, aunque la cocina ya estaba cerrada. Terminaron cenando en el bar, tratando de rescatar lo irrecuperable.

Pero allí estalló la verdadera bomba. Su hija, todavía angustiada, reveló frente a su madre todo lo conversado: las dudas, los temores, las preguntas sobre el profesor. Silvia reaccionó con furia, acusándolo de exagerar y mentir. Bayly, debilitado por la tensión, solo alcanzó a defenderse con una frase que él mismo calificó de débil: “No he dicho que sean amantes; he dicho que podrían serlo, y en ese caso yo lo aceptaría.”

Ese fue el quiebre definitivo. El silencio volvió a instalarse durante el camino a casa como un muro infranqueable. Bayly terminó la noche medicado, pero incapaz de dormir. Al amanecer, comprendió que algo irreparable se había roto: canceló los viajes familiares a Buenos Aires y París, convencido de que las heridas abiertas no cicatrizarían pronto.

Así, la columna de Jaime Bayly no solo expuso un episodio doloroso, sino también la sensación de una traición emocional que estalló en el peor momento, envolviendo su vida familiar en una nube de incertidumbre que, al día de hoy, parece lejos de disiparse.

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