Televisión

Galiani eres un canalla mereces la carcel

El brillo de las marquesinas del Teatro Marsano hoy parece más opaco que nunca. Tras el terciopelo rojo y los aplausos del público, se esconde una historia de terror psicológico, desprecio por la dignidad humana y una falta de empatía que hiela la sangre. Lo que debía ser un homenaje a la feminidad con la obra “Los Monólogos de la Vagina”, se convirtió, según testimonios desgarradores, en la tumba emocional de una primera actriz y en el escenario del martirio de una leyenda que se nos fue: la inolvidable Camucha Negrete.

El rostro del «Verdugo»: Sergio Galliani bajo la lupa

Las revelaciones de Sonia Oquendo en el programa ‘Habla Serio’ han levantado una polvareda que amenaza con sepultar la reputación de Sergio Galliani. Ya no estamos ante simples «diferencias creativas»; estamos ante una denuncia pública de maltrato sistemático. Oquendo, con la voz quebrada por un dolor que los años no han podido borrar, describió su paso por la producción como una «pesadilla».

¿Cómo es posible que una dama de nuestra escena, una señora con una trayectoria intachable, haya sido empujada a un cuadro depresivo por el trato hostil de un hombre? «No hay acoso, pero hay maltrato a una actriz, a una señora, a una dama», sentenció Sonia. Es la radiografía de un entorno laboral tóxico donde el ego de quien dirige parece haber aplastado la humanidad de sus dirigidas.


Camucha Negrete: Actuar hasta el último aliento bajo el látigo de la indiferencia

Lo más indignante de esta trama macabra es el trato recibido por Camucha Negrete. Mientras la actriz libraba una batalla silenciosa y feroz contra el cáncer, en el teatro no encontró consuelo, sino exigencia desmedida y formas groseras.

Rodrigo González, el popular ‘Peluchín’, ha puesto nombre y apellido al presunto responsable: Sergio Galliani. Según González, la propia Camucha le confesó en la intimidad su hartazgo ante las «malas formas» del director. Es desgarrador imaginar a una Camucha debilitada, que apenas podía mantenerse en pie o que se quedaba dormida en los ensayos por el avance implacable de su enfermedad, siendo sometida a la tensión de un director que, al parecer, carece de la palabra «respeto» en su vocabulario.

«Un día bajó el telón y nos dijo: ‘Tengo cáncer’. Nos quedamos en shock», relató Oquendo.

Pero el show debía continuar. A pesar de que Sonia Oquendo suplicó retrasar el estreno porque no estaban listas —y porque la humanidad dictaba una pausa—, la respuesta de la producción fue una bofetada: «Las entradas ya están vendidas». Para ellos, el dinero valía más que el último aliento de una estrella.

Un patrón de conducta: ¿Quién protege a nuestros artistas?

El testimonio de Betina Oneto se suma a este coro de indignación, confirmando que el trato difícil y la falta de empatía de Galliani no son casos aislados. Se habla de un control absoluto en el Marsano que parece haber olvidado que los actores son seres humanos, no piezas de ajedrez desechables.

La tragedia no terminó con el telón. Sonia Oquendo recordó cómo la muerte de Camucha fue solo el inicio de una cadena de desgracias: la partida de Hernán Romero y la pérdida de su propio hermano. Tres actrices lidiando con el luto mientras eran obligadas a sonreír para un público que no sospechaba la canallada que ocurría tras bambalinas.

¿Dónde está la responsabilidad?

Hoy, el público peruano exige respuestas. No se puede permitir que el talento sea una licencia para el atropello. Sergio Galliani tiene la obligación moral de dar la cara. ¿Cómo se mira al espejo alguien que, presuntamente, maltrató a una mujer en sus últimos meses de vida? La memoria de Camucha Negrete y la salud mental de Sonia Oquendo no pueden quedar como simples notas al pie de una cartelera.

Es hora de que las luces del teatro iluminen también las sombras de quienes, desde el poder de una dirección, creen que pueden pisotear la dignidad de nuestras más grandes glorias nacionales.

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