Mira que hizo y por eso sera infeliz por siempre
En una noche cargada de veneno y soberbia, la periodista Juliana Oxenford cruzó la línea de lo imperdonable. Lo que debió ser una entrevista política se convirtió en un campo de batalla donde la humildad fue pisoteada por el ego. El desplante contra Francisco Diez Canseco no solo fue una falta de respeto a un adulto mayor, sino una bofetada a las tradiciones y la elegancia que, al parecer, la conductora desconoce por completo.
UNA TRAMPA «CAVIAR» Y UN GESTO DE CABALLERO
La tensión se sentía en el aire desde el primer segundo. Francisco Diez Canseco, un hombre que carga con los años y la experiencia de mil batallas políticas, sabía perfectamente a dónde se metía. «Yo sabía que venía una mesa ‘caviar’ y que me iban a quemar», soltó con la sagacidad de quien no se deja engañar por las luces del set. Sin embargo, lo que nadie esperaba era el nivel de frialdad y desprecio que Oxenford destilaría minutos después.
La entrevista, que ya venía con el ambiente caldeado, llegó a su punto de ebullición cuando Diez Canseco, haciendo gala de una educación de antaño —esa que hoy parece extinta en la televisión nacional—, intentó despedirse con un gesto de cortesía suprema: el beso de mano.
EL DESPLANTE QUE INDIGNA A TODO EL PAÍS
Lo que ocurrió a continuación quedará grabado en los anales de la vergüenza televisiva. Cuando el postulante intentó realizar el ademán, Juliana retrocedió como si estuviera frente a una amenaza biológica. «¿Besar la mano? Eso sí no me gusta», lanzó con un tono cortante que heló la sangre de los televidentes.
La arrogancia de la periodista no se detuvo ahí. A pesar de que Diez Canseco, con la paciencia de un maestro, intentó explicarle que se trata de un gesto de elegancia que data de la Edad Media y que ni siquiera implica contacto físico, la respuesta de Juliana fue un misil directo al corazón de la cortesía: «No me interesa saber».
«No me siento cómoda porque no me gusta ese tipo de contacto físico con gente que no conozco, ni quiero», sentenció la conductora, dejando claro que su desprecio por el invitado era personal y absoluto.
LA HUMILLACIÓN A UN ADULTO MAYOR
¿En qué momento la televisión peruana permitió que se trate así a un invitado? Diez Canseco, manteniendo la compostura que a Juliana le faltó, tuvo que explicarle —como quien le habla a un niño malcriado— que solo se trataba de un ademán. Pero la cerrazón de la Oxenford fue total. Su negativa rotunda a aceptar un gesto de respeto es vista hoy por miles de usuarios en redes sociales como una humillación pública hacia un adulto mayor.
Muchos analistas y ciudadanos se preguntan: ¿Es esta la «modernidad» que nos venden? Una modernidad donde la grosería disfraza de «empoderamiento» el maltrato a quienes conservan los buenos modales.
EL PRECIO DE LA SOLEDAD Y EL EGO DESMEDIDO
La calle no perdona y el juicio popular es implacable. Tras este episodio, las críticas no han parado de llover sobre la periodista. Se comenta en los pasillos de los canales y en las esquinas de los barrios que esta arrogancia desmedida será su ruina.
Dicen que «la que siembra vientos, cosecha tempestades», y Juliana parece estar labrando un futuro de aislamiento. Su incapacidad para conectar con la caballerosidad y su rechazo sistemático al afecto o al respeto tradicional la dejan en una posición vulnerable. En las redes, el sentimiento es unánime: «Por eso está sola, nadie aguanta a alguien que desprecia la educación».
— sin mermeladas (@sinMermeladaspe) January 21, 2026
Esa soltería que hoy ostenta podría no ser una elección, sino la consecuencia natural de una personalidad que prefiere el choque antes que la concordia. Al final del día, el gesto de Diez Canseco quedó como un monumento a la elegancia, mientras que el desplante de Juliana quedó como una mancha de soberbia que difícilmente podrá borrar de su historial.
¿Será este el inicio del fin para la «intocable» Juliana? El público ya dio su veredicto: la caballerosidad no es acoso, es educación. Y a Juliana, parece que le falta mucha.



